miércoles, 2 de octubre de 2013

Nubología IV

Como no hay techo que cubra las ciudades costeras se alía el sol con el mar para hacer arquitectura. La argamasa gris clara, como una sopa de periódico, conserva el azul del agua salada del mar en algunos pedazos de la mezcla, teñidos de la tinta con que escriben los peces.
El rebaño dirigido por los perros pastores de Apolo y de Neptuno tiene tanto de sol como de mar, peinado por arriba por los rayos solares y por abajo por la brisa marina.
Alisado y ordenado, el cielo nublado es una continuación del mar, la impronta de este en un plano superior.
No es casualidad que aquí sea llamado panza de burro, pues su afable color gris recuerda al pelaje suave de Platero.

Nubología III

Como una queja del cielo, en los días más calurosos aparecen los finísimos cirros. Parecieran pinceladas solares, rastros de telaraña de algún arácnido celeste que van a medio camino de lo inefable y la nada.
Surfistas de las olas de calor, o como espuma del azulísimo océano del verano, se expanden alargadas, disolviéndose hasta desaparecer como nieve en agua caliente.
Calladas, dicen al que las observa, redundantes, “hoy hace calor”.
El telar círrico va muriendo con el sol, se desenreda en el óbito del día a la llegada de las sombras, como si su existir dependiera solo del más puro color azul del cielo despejado. Huyendo, en contraposición, del rojizo magmático del atardecer, nunca pueblan la noche; pero encontrar un cirro iluminado por la luz de plata de la luna algún verano no es signo de otra cosa que de suerte.

Los pañuelos contienen alérgenos.

lunes, 30 de septiembre de 2013

Nubología II

En los días muy nublados el cielo está preñado de nubes violáceas como el morro de un dragón. Más que nubes, nubarrones color violeta eléctrico, púrpura denso profundo, contienen tal vez rayos chisporroteantes o quizá gotas de agua fría al borde de la lluvia, rodeados de un rebaño de ovejas grises.
Del tamaño de montañas arrancadas de la tierra, guardan recovecos a lo largo y a lo ancho, que sirven de nido a las aves. Barbas titánicas de dioses, se elevan incluso como árboles selváticos; rascacielos que nacen en el suelo del cielo y se curvan y se arquean triunfales.
De día son hacedoras de sombras, y de noche se tiñen del anaranjado iluminar de las farolas.

Nubología I

El movimiento de las nubes es lento y digno como el de una carroza. Empujadas por ráfagas de viento que no escuchamos, desfilan a un ritmo constante que relaja la vista. La flota permanente del cielo recorre el orbe a cada punzada de reloj. A veces, como calle cortada por desfile, pasa la caravana ante el sol, reteniendo sus rayos durante un rato, que es respiro para las calles cocidas de la tarde.

lunes, 2 de septiembre de 2013

Oro manchado de sangre

Los tiempos dorados de uno... Como el beso de una puta, las compulsiones, los animales en el zoológico y muchos vicios corrosivos, son tan dulces como amargos. Viven sobre todo en el oído, y despiertan con las canciones-nexo. También pueden ser revividos al oler algunas fragancias... El suavizante que usaba tu ex, el jabón de manos que usabas durante aquella otra época tan mágica... Hay que hacer notar que estos recuerdos de los que hablamos despiertan con mayor intensidad y brevedad mediante el olfato, mientras que, por medio de la música son menos intensos pero más duraderos, por los que su peligro es mayor. Uno puede quedarse embelesado y vivir en el ayer durante un buen rato, con el consecuente desgarro del espíritu que supone querer volver atrás... y no poder. Pocas sensaciones hay tan frustrantes para el ser humano como tener algo ante sus narices y no poder alcanzarlo —entendamos ''sus narices'' como algo muy amplio: es esa misma sensación que se experimenta al mirar a las estrellas y ser consciente de que no se pueden
alcanzar—. Pocas sensaciones frustrantes son, sin embargo, tan gratificantes: oro para las neuronas. Oro manchado de sangre.
A veces mi columna vertebral parece recoger rayos de tormenta
de días ya pasados,
que me sacuden el cuerpo con una violencia exquisita.
Pero más me sacude la certeza —también violenta—
de que esos días
ya nunca volverán.

domingo, 21 de julio de 2013

Cuando las nubes noctámbulas le hacen una felación a la montaña
cuando los cerros secos musitan palabras en sus toscas lenguas
cuando las colinas calladas ocultan desiertos en sus raíces
canta entre los montes la luz-luna,
el viento
el sol.

Montañas de la tierra mía
refulgiendo a la luz del mediodía.
Montañas de la tierra mía
regias, vivas
todavía.

jueves, 30 de mayo de 2013

Cuánto pesan los conceptos en la cabeza, uno encima del otro, y qué rápido desaparecerán cuando muramos.

miércoles, 8 de mayo de 2013

¿Dios está dispuesto a prevenir la maldad pero no puede? Entonces no es omnipotente.
¿No está dispuesto a prevenir la maldad, aunque podría hacerlo? Entonces es perverso. ¿Está dispuesto a prevenirla y además puede hacerlo? Si es así, ¿por qué hay maldad en el mundo? ¿No será que no está dispuesto a prevenirla ni tampoco puede hacerlo? Entonces, ¿por qué llamarlo dios?

(Epicuro de Samos).
¿Dioses? Tal vez los haya. Ni lo afirmo ni lo niego, porque no lo sé ni tengo medios para saberlo. Pero sé, porque esto me lo enseña diariamente la vida, que si existen ni se ocupan ni se preocupan de nosotros.

(Epicuro de Samos).
[...] Vae terrae et mari, quia descendit Diabolus ad vos habens iram magnam, sciens quod modicum tempus habet! [...] qui habet intellectum, computet numerum bestiae; numerus enim hominis est: et numerus eius est sescenti sexaginta sex.

(De Apocalipsis 12 y 13 en latín).
[...] ¡Ay de la tierra y del mar!, pues el diablo ha descendido a vosotras con gran furor, porque sabe que tiene poco tiempo. [...] el que tiene entendimiento, que calcule el número de la bestia, pues el número es el de un hombre. Su número es seiscientos sesenta y seis.

(De Apocaipsis 12 y 13, traducción libre).

lunes, 29 de abril de 2013

Un extraterrestre

Sentir lo que siente un extraterrestre
al ver su piel blanca.

La música es alimento para el alma.

Hoy he visto el tiempo;
era una corriente etérea azulínea,
que nunca se está quieta y que flotando,
nos traspasa.
En el borde del camino
entre piedras y hierbajos
van las sombras que se han ido
sollozando a lo pasado.

Van las sombras sollozando
sobre el prado, sobre el campo
sollozando van no vivos
do la muerte sangre quiso.

Primavera otra vez

Podría haber pensado
que el abril
es como el cianuro que,
marfileño, arrebata la vida,
pero es también el agua
que apaga la sed del morir.